Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Y ¿tú crees en eso?
—¿En la inteligencia de lord Mark? —Kate, como si quisiera dar una opinión más definitiva de lo que le habÃan preguntado, se tomó un momento para pensarlo. Meditó su respuesta de tal modo que uno no habrÃa sabido qué esperar; pero al final lo resolvió con un elocuente—: ¡SÃ!
—¿Para la polÃtica?
—Para todo. En cualquier caso no sé —añadió— cómo llamarlo, tratándose de un hombre que es capaz de hacer valer su presencia de una manera tan intensa sin esfuerzo, sin violencia, sin mañas de ningún tipo. Produce un efecto sin que se note lo más mÃnimo que él es la causa.
—¡Ah!, pero ¿y si el efecto —dijo Densher consciente de su superficialidad— no es agradable?
—¡Oh, pero lo es!
—Sin duda no para todo el mundo.
—Si hablas por ti —respondió Kate—, tus razones tendrás… pero los hombres no contáis. Las mujeres no saben si es agradable o no.
—Pues ¡ya lo ves!
—SÃ, precisamente: eso requiere inteligencia por su parte.