Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Densher esperó como si se preguntara qué parte de lo que con tanta presteza, desenvoltura y sobre todo encanto le exponÃa habrÃa resultado, en caso de analizarlo, una exigencia. De pronto algo, como después de un último toque decisivo, creció y se desbordó en su interior: la intuición de su buena suerte y de la complejidad de ella, del futuro que le prometÃa, del interés que le proporcionaba.
—Todas las mujeres, menos tú, son idiotas. ¿Cómo voy a fijarme en otra? Eres diferente y diferente… y luego otra vez diferente. No es raro que la tÃa Maud tenga tantos planes para ti; sólo que eres demasiado buena para sus planes. Ni siquiera la «sociedad» sabrá lo buena que eres; es demasiado estúpida y tú estás muy por encima. TendrÃas que arrastrarla cuesta arriba: eres tú quien estás en la cumbre. Las mujeres que conoce uno ¿qué son sino libros que ya ha leÃdo? Tú eres una biblioteca de libros intonsos y desconocidos. —Casi gimió de dolor por lo profundo de su alegrÃa—. ¡Palabra que estoy suscrito a ella!
Kate lo escuchó y volvió a expresar con su semblante todo lo que tenÃa que responder, y una vez más volvieron a enfrentarse y unirse en la riqueza esencial de sus vidas.
—Eres tú quien me sostiene. Vivo por ti. No por los demás.