Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —No preocuparte. Hacer lo que quieras. Inténtalo, como te he dicho, y ya verás. Siempre podrás consultarme.
—¡Oh, eso espero! Pero ¿y si se marcha?
Kate se quedó cortada un momento.
—Yo haré que vuelva. Ya lo ves. No dirás que no te lo pongo fácil.
Él lo consideró todo, y sin duda era raro. Pero no fue la rareza la que, al cabo de un minuto, prevaleció. Estaba atrapado en una increÃble y sedosa telaraña, y era divertido.
—¡Me mimas demasiado!