Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Oh, siempre es magnÃfico casarse con el hombre a quien una quiere! Pero ¡estamos yendo muy deprisa! —dijo la señora Stringham con una desconsolada sonrisa.
—Siempre me doy prisa cuando creo que la ocasión lo merece. Al fin y al cabo, ¿no fue el instinto lo que me empujó cuando volvÃamos anteanoche a buscar a Kate? Sentà lo que sentÃ: supe que él habÃa vuelto.
—En eso, como digo, estuviste magnÃfica. Pero espera —dijo la señora Stringham— a que lo hayas visto.
—Lo veré cuanto antes —afirmó la señora Lowder con decisión—. Pero ¿qué impresión te ha causado? —preguntó.
La impresión de la señora Stringham parecÃa perdida en un sinfÃn de dudas.
—¿Cómo va a interesarse por ella?
Su compañera, a su manera imponente, respondió:
—Pues dándole ocasión.
—Pues ¡dásela por el amor de Dios! —gimoteó la señora Stringham—. Lo tienes en tus manos.
Los ojos de Maud Lowder se posaron en los de su amiga.
—¿Es ésa tu impresión de él?
—Es mi impresión de ti, querida. Manejas a todo el mundo.