Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Los ojos de la señora Lowder siguieron fijos en ella y, para su sorpresa, Susan Shepherd siguió sintiéndose igual de sincera a pesar de haberla complacido. Pero había una notable salvedad.
—No manejo a Kate.
Eso dio a entender algo que su visitante ignoraba: algo que dejó boquiabierta a la señora Stringham.
—¿Insinúas que Kate le quiere?
Era un hecho que, como sabemos, la señora de Lancaster Gate le había ocultado hasta ese momento, y la pregunta de su amiga produjo un cambio en su semblante. Parpadeó… y luego consideró la cuestión; tras lo cual, fuese porque se había delatado inadvertidamente o porque había tomado una decisión y le había afectado la cualidad de la sorpresa de la señora Stringham, aceptó todas las consecuencias. Lo que le ocurrió, según Susan Shepherd, no fue sólo que estuviese dispuesta a sacarles el mayor provecho, sino que vio de pronto más posibilidades en ellas de las que había imaginado. De hecho, cierta impaciencia subrayó esa transición: había estado ocultando una importante verdad y no le habría gustado oír que no la había ocultado con inteligencia. Susie, no obstante, se sintió un poco tonta por no haberse dado cuenta. Sin embargo, en lo que más pensó Susie ante aquel brusco y repentino estallido fue en la habilidad de Kate para el disimulo. Tuvo tiempo de considerarlo mientras esperaba una respuesta a su grito.