Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿Por qué tendrÃa que perderse usted nada? —Ella notó, por su tono de voz, que en menos de un minuto, él habÃa tomado su decisión—. Es usted la persona en el mundo para quien es menos necesario, para quien parece casi imposible, para quien «perderse» algo requerirÃa sin duda una extraordinaria cantidad de fuerza de voluntad mal encaminada. Ya que cree en los consejos, por el amor de Dios, acepte el mÃo. Sé lo que usted quiere.
¡Oh!, ya suponÃa que lo sabrÃa. Ella habÃa propiciado, o casi, esa respuesta. Sin embargo, le habló con dulzura:
—Creo que lo que quiero es no preocuparme demasiado.
—Quiere que la adoren —soltó por fin lord Mark—. Nada le preocuparÃa a usted menos. Digo, como yo lo haré. Eso es —dijo con firmeza—. No es usted lo bastante querida.
—Lo bastante ¿para qué, lord Mark?
—Pues para disfrutarlo plenamente.
En fin, después de todo, Milly no se burló de él.
—Entiendo lo que dice. Disfrutarlo plenamente consiste en verse una obligada a corresponder ese amor. —Lo habÃa entendido, pero dudó—. Su idea ¿es que podrÃa verme obligada a quererlo a usted?