Las alas de la paloma

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Sonó espontáneo y claro; sin embargo, su modo de esquivar su pregunta, sin verdadera expresión, como él mismo comprendió instantes después con inteligencia, impotencia y casi comicidad, fue un fracaso acentuado además por la risa que soltó enseguida Milly. Como indicio de una pasión sanadora y edificante fue ciertamente deficiente; no serviría para comunicar una fuerza capaz de arrastrarlos a ambos. Y lo bueno de lord Mark era que también él, incluso en el momento de persuadir, de persuadirse a sí mismo, era capaz de darse cuenta, y por tanto sólo podía indicar que lo mejor de él encajaba en el agradable negocio de la prosperidad. Tal como le dio a entender, el modo en que ella lo veía lo apartaba, por sí mismo, de cualquier servicio peligroso, y eso era una discriminación nunca vista en su contra, al menos que él supiera. Nacido para flotar suspendido en el aire, ése sería su primer encuentro con un juicio formado bajo la luz siniestra de la tragedia. Las crecientes tinieblas del mundo personal de Milly eran para él, a juicio de la joven, un elemento en el que era vano fingir que se encontraba cómodo, pues estaba cargado de depresiones y perdiciones, con el escalofrío de la partida perdida. Casi sin necesidad de hablar, y sólo por el hecho de que, en tal caso, no podía haber un digno sustituto de una intensidad sentida, no le quedó otro remedio que reconocer que, en la práctica, tenía miedo, ya fuese de quejarse falsamente o sólo de lo que pudiera llegar a ser desagradable en un posible compromiso, aunque eso apenas tuviera importancia. Además a Milly le pareció adivinar, era una joven maravillosa, que él no había contado con tener que quejarse de nada que no fuese su propia conveniencia, de nada, en suma, que no le permitiesen su disposición, sus costumbres, también su educación y sus medios personales. Su situación, por tanto, no podía resultarle agradable y ella se la habría evitado de buena gana si él no la hubiese propiciado. A ningún hombre, Milly era consciente, le gustaría que le dijesen que no servía para lo que ella habría llamado su realidad. No habría hecho falta mucho más para que la joven pudiera entender que él era capaz de insinuar —si hubiese expresado sus más íntimos sentimientos— que lo más conveniente, por su propio interés, era bajar el tono y disfrazar la desagradable realidad. Estaba dispuesto a llegar a un compromiso con la realidad, pero la realidad también debía llegar a un compromiso con él. Lo que Milly sentía al respecto, con un respaldo financiero tan evidente, no podía, o no quería, adaptarse a él y en cuanto lo descubrió se perfiló en su rostro como la marca de una bofetada. Había señalado el minuto exacto en que podía haberle vuelto a parecer conmovedor. Cuando intentó insistir una vez más, había dejado de serlo.


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