Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Para entonces ella se había apartado de la ventana en una maniobra de distracción, lo había conducido por otros salones, había aludido una vez más a su encanto interior, e incluso había llegado a insistir en su independencia moral al repetir que si una tuviese una casa así, y la quisiera y la cuidara lo suficiente, la casa correspondería y la protegería de todo mal. Lord Mark se aferró ese cuarto de hora a la pértiga que ella le tendía, es decir, se aferró con una mano, pues Milly notó que con la otra se agarraba a su propia intuición; pues, para hacerle justicia, no era tan estúpido ni estaba tan contrariado como para no saber comportarse más o menos como si no hubiese pasado nada. Uno de sus méritos, al que ella también supo hacer justicia, era que la idea tanto adquirida como innata que tenía de su propia conducta se basaba en el supuesto general de que nada —nada que supusiera una diferencia mortal para él— podía sucederle. Era, desde el punto de vista social, una opinión como cualquier otra, y los ayudó a salir relativamente bien librados de su aventura. No obstante, de vuelta en el piso de abajo, cuando el fin de la visita era inminente y estaba ya todo dicho, ella volvió a notar que estaba molesto y que, extrañamente, expresaba esa molestia con otra alusión probablemente sincera a su estado de salud. Es posible que estuviese intentando convertir en una ofensa que ella lo hubiese rechazado por una compasión que, por su parte, no había podido ser más exquisita.