Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Al oírlo Kate pareció tan fatigada que a él le conmovió su tono paciente:

—Lo único que puedes hacer es probar suerte.

—Claro que puedo probar suerte. Pero, no sé si me entiendes, hay que esforzarse mucho para probar suerte con una joven moribunda.

—Para ti no es una moribunda. —Había inspirado en Kate un destello de rectitud que tal vez podría haberle parecido admirable, pues su respuesta era en parte cierta. Ante sus ojos estaba la impresión que le había causado Milly esa noche, y su compañera, mirándole a los ojos y sondeando sus profundidades, se aferró literalmente a ella como a un triunfo. Volvió la cabeza hacia donde estaba su amiga, él hizo lo propio y los dos se quedaron observándola un minuto. Milly, desde el otro lado, se dio cuenta y a modo de respuesta les dedicó todo el candor de su sonrisa, el lustre de sus perlas, el valor de su vida, la esencia de su riqueza. Eso volvió a unirlos con un gesto solemne por la realidad que acababa de prestar a su plan. La propia Kate palideció un poco, y por un instante se limitaron a guardar silencio. La música, no obstante, alegre y vociferante, había vuelto a empezar y los protegió en lugar de interrumpirlos. Cuando Densher habló por fin lo hizo oculto por ella.

—Podría quedarme y no probar suerte.

—¡Oh!, quedarte equivale a probar suerte.


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