Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Fue justo esa sensación, no obstante, la que le hizo odiar su torpeza. Era horrible turbarse así en presencia de esa criatura; era odioso tener que buscar excusas para la relación que implicaba dicha torpeza. Cualquier relación que implicase algo parecido quedaba tan desacreditada como un plato con una salsa que fuese una medicina. Lo que Kate debía de haberle dicho en una de las últimas conversaciones entre las dos jóvenes era que —si de verdad Milly quería saber la razón— el señor Densher se había quedado porque a ella no le había quedado más remedio que pedírselo. Si se quedaba, dejaría de seguirla, o al menos su tía tendría esa impresión; y, si dejaba de seguirla, la señora Lowder no podría alegar, en escenas cuya repetición empezaba a ser penosa, que Kate no le trataba con la debida frialdad. En realidad no hacía otra cosa —¿no le habría dicho eso también?—, pero tenía que aplacar las sospechas de la tía Maud. Dicho sea de paso, él se había mostrado muy razonable —ahora podía serlo— y había consentido complacer a la tía y a la sobrina, demostrándoles de la manera más clara que podía vivir lejos de Londres. Vivir lejos de Londres era vivir lejos de Kate Croy, lo que suponía un alivio para ella. Hubo uno de aquellos tres minutos en que temió horrorizado que Milly pudiera aludir a la explicación de su amiga de tal modo que él tuviera que contradecirla. Contradecirla equivalía a destruirlo todo, a destruir probablemente a la propia Kate y a destruir en particular, faltando a su palabra de un modo aún más horrible, la belleza de las últimas horas que habían pasado juntos. Le había dado su palabra de honor de que si iba a verle él haría absolutamente todo lo que ella quisiera, y lo había hecho sabiendo muy bien lo que eso implicaba. Implicaba, por un lado, que esa noche en el gran salón, tan noble con su belleza iluminada sólo en parte, y ante el rostro lívido de su joven anfitriona, divina en su confianza, o en todo caso inescrutable en su piedad, se vería obligado a mentir con sus propios labios. Lo único que podría salvarle sería que Milly le dejara escapar después de asustarle. Su piedad era inescrutable porque, aunque le había dejado escapar más de una vez, lo había hecho, al parecer, sin saber lo cerca que había estado de condenarse.


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