Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Eran formalismos trascendentes, no menos sublimes por ser oscuros; gracias a los cuales volvió a notar cómo se aliviaba la presión. Si seguía en pie era, en suma, porque afortunadamente ella no le había enfrentado a la versión de Kate. No podría haber mentido de pie, tenía la sensación de que habría tenido que hincarse de rodillas. Ahora estaba sentado, moviendo nervioso la pierna que tenía cruzada sobre la otra. Milly lamentó que le hubiesen tratado con frialdad, pero él sólo tuvo que corroborar, sin necesidad de cometer perjurio, las tres o cuatro inanidades que había preparado torpemente para esa crisis. Fue un poco más allá de la alusión al dinero, la ropa, las cartas y las instrucciones de su director, y aprovechó la suerte que se le había presentado, como una tentadora pintada por Ticiano, de tener la ocasión de escribir tranquilo. Habló con elocuencia de las dificultades de escribir con calma en Londres y expuso de manera precipitada, casi explosiva, su idea, largo tiempo acariciada, de un libro.
La explosión iluminó el rostro de Milly.
—¿Piensa escribir el libro aquí?
—Espero poder empezarlo.
—¿No está empezado aún?
—Bueno, sólo apenas.
—Y ¿desde su llegada?
Estaba tan interesada que Densher pensó que tal vez no se libraría tan fácilmente.