Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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El resultado fue una extrañísima conciencia como de una bendita calma después de la tormenta. Como sabemos, llevaba semanas esforzándose por estar superlativamente quieto, en soledad y en silencio; pero ahora le daba la impresión de que había sido un episodio febril. La verdadera quietud era esa particular forma de compañía. Pasearon, y charlaron, volvieron a contemplar cuadros y recobraron impresiones: sir Luke sabía muy bien lo que quería; frecuentó un poco a los vendedores de antigüedades; se sentó en Florian a descansar y a tomar bebidas suaves, bendijo sobre todo el magnífico tiempo, un baño de aire cálido, una exhibición de luz otoñal. Una o dos veces, mientras descansaban, el gran hombre cerró los ojos y los dejó así unos minutos mientras su compañero observaba su rostro, y reflexionaba sobre las horas que debía haber pasado sin dormir. Él en persona había estado despierto de noche con ella horas y horas; aunque eso había sido lo único que le había dicho y por lo visto sería lo más parecido que iba a hacer a una alusión. Lo más extraordinario era que Densher se lo tomaba como una prueba, contemplaba imperturbable la imagen que le sugería y al mismo tiempo podía dar rienda suelta a su liberación. La liberación era una experiencia en sí misma, y ahora supo por qué, a pesar de su soledad, a pesar de su locura, a pesar de todo, la había estado esperando. Se había quedado en su cuarto esperándola porque había adivinado que, si llegaba a producirse, tendría el poder de redimirlo. Se estaba redimiendo: lo estaban tratando del único modo que no agravaba su responsabilidad. Y lo bueno era que sir Luke le consolaba no mediante un método o gracias a un conocimiento íntimo, sino porque era un hombre de mundo y conocía la vida y la realidad. Las impresiones de un hombre, de otro hombre, despejaron el ambiente; y se preguntó quién, si hubiese podido escoger, habría podido ser más indicado que él. Era de trato fácil y amplio de miras y eso era una gran suerte; sabía lo que era importante y lo que no; distinguía entre lo esencial y lo accesorio; entre las razones justas y los remilgos injustos. De ese modo uno —cuando lo trataba o se relacionaba de algún modo con él— se ponía en sus manos, y no se sentía menos afectado por su compasión que por su severidad. Lo más extraordinario —a eso se reducía todo— era su manera, podríamos decir, de hacer que lo raro pareciese natural. De lo contrario, nada podría haber sido más extraño, entre ellos, que el distanciamiento de Densher con las pobres damas del palacio; nada podría haber superado la no menos llamativa anomalía de que el gran hombre se abstuviera de hacer la menor alusión al asunto. Igual que había hecho cuando se vieron en la estación, no le daba importancia a nada; y el resultado, habría dicho Densher, era que el trato con él se parecía al de un médico con su paciente. Uno aceptaba sus indicaciones como si se tomara una dosis de medicina, con la diferencia de que las indicaciones no eran desagradables.


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