Las alas de la paloma

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Por eso podía uno confiar en su discreción tácita, por eso Densher confió en ella esos tres o cuatro días, y tan sólo sintió cierta curiosidad la víspera del sábado, ante el anunciado final de aquel episodio. Mientras esperaba, una vez más, en esa ocasión, el sábado por la mañana, el regreso de sir Luke a la estación, nuestro amigo tuvo que admitir que esa tranquilidad vicaria había disminuido, como resultado de la perspectiva de que estaba a punto de perder uno de sus apoyos. La dificultad estribaba en que, tal como se había establecido su relación, el apoyo requería la presencia personal de sir Luke. ¿Se iría sin dejar nada que lo sustituyera… y sin romper, tampoco, su silencio sobre los motivos de su misión? Densher sabía aún menos que a su llegada, y fue ciertamente prodigioso que, en un momento tan decisivo, como pudo comprobar enseguida, no revelase ni el más mínimo indicio de lo que había vivido esa semana. Lo que había estado haciendo demostraba un inmenso interés además de unos elevadísimos honorarios; sin embargo, cuando la góndola Leporelli volvió a acercarse, con cierto retraso, su compañero, observándolo desde las escaleras, estudió su rostro elegante e imperturbable tan inútilmente como siempre. Fue como una lección, impartida por la más alta autoridad, sobre lo que es relevante, por lo que su inexpresividad le pareció de pronto casi cruel, pues la juzgó compatible de un modo espantoso con que Milly hubiese dejado de existir. Y la tensión continuó después de que entraran directamente —pues el tiempo apremiaba— a la estación, donde Eugenio, que había llegado temprano, montaba guardia ante el compartimento que le había reservado. La tensión, aunque es probable que no durase más que un par de minutos ante la puerta del vagón, se prolongó tanto para los nervios de nuestro desdichado caballero que involuntariamente dirigió una larga mirada a Eugenio, que no obstante la recibió como sólo Eugenio habría podido hacerlo. Sir Luke concentró toda su atención en la debida colocación de sus numerosos efectos personales, con los que era muy puntilloso, y Densher se vio, hasta donde podía permitirlo el silencio, preguntando al representante del palacio. No se sintió humillado; como tampoco le humilló intuir que dicho personaje sabía exactamente lo poco que le estaba ayudando. En eso Eugenio se parecía a sir Luke, hasta donde podían compararse los hábitos extraordinarios de sus respectivos rostros. No obstante, después de que Densher obtuviera de él todo lo que su dueño le permitió, sir Luke terminó de colocar sus cosas y sacó la mano para despedirse. Primero la tendió sin decir nada; y, sólo al mirarlo a los ojos, reparó nuestro joven en que nunca le habían mirado con tanta profundidad. No era que sir Luke mirase unas veces de manera más intensa que otra; pero en esa ocasión sostuvo la mirada más tiempo, y eso podía significar todo por su parte. Significaba, creyó Densher por espacio de diez segundos, que Milly Theale estaba muerta; así que lo que le dijo por fin le hizo dar un respingo.


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