Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Kate pareció entenderlo tan bien que casi le pidió que no insistiera, aunque al mismo tiempo Densher reparó en que lo miraba como si ese dominio de la diplomacia fuese para ella un claro indicio de la influencia que había ejercido sobre él. Le parecía tan avezado en salir de cualquier contingencia como, en Venecia, ella se lo había parecido a él. Densher sonrió mientras abogaba por una renovación paulatina y paso a paso, suave, podía decirse, y gradual; aunque —por mucha elegancia que debiera afectar— ella respondió a su sonrisa del mismo modo en que había respondido a su entrada cinco minutos antes. Su leve solemnidad en ese momento —que no era exactamente solemnidad sino una conciencia llena de vida hasta el borde y que se esforzaba en no rebosar— no había moderado tanto su bienvenida como la presencia en la sala, un par de minutos, del criado que le había presentado y que estaba poniendo la mesa para el té.