Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La respuesta de la señora Lowder a la nota de Densher se había limitado a concretar la hora de su visita a las cinco en punto del domingo. Después Kate le había enviado un telegrama sin firma: «Ven el domingo antes del té; un cuarto de hora nos será útil»; así que había llegado escrupulosamente a las cinco menos veinte. Kate estaba sola en el salón y no se demoró en decirle que la tía Maud, tal como había previsto felizmente, estaría ese rato —no muy largo, pero precioso— entretenida con una vieja sirvienta, jubilada con una pensión, que había ido a visitarla y que hasta las cinco no regresaría a su casa de las afueras. Tendrían ese rato para ellos, en cuanto se marchara el criado, y hubo un momento en el que, a pesar de su maravilloso sistema, a pesar de la proscripción de precipitarse y de la conveniencia de ir paso a paso, les pareció un tiempo verdaderamente precioso. Y todo sin prejuicios —por eso resultaba tan noble— respecto a la noble contención de Kate y su hermoso dominio de sí misma. Si él tenía su discreción ella tenía sus modales perfectos, que constituían la esencia de su decoro. La señora Stringham, observó para concluir con el asunto de su demora, debía de haber escrito a la señora Lowder contándole su partida de Venecia; así que no era que hubiese querido engañarlas. Tenían que haberse enterado de que se había ido.
—Sí, lo sabíamos.