Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Había pensado que tal vez ella lo sondearía en mayor profundidad y le preguntaría por dos o tres cosas concretas. Incluso la había imaginado queriendo saber e intentando averiguar hasta dónde, como dice la frase odiosa, habían llegado Milly y él, y, ya puestos, el grado de intimidad que habían alcanzado. Se había preguntado si estaba preparado para que se lo preguntase, y no había tenido más remedio que contestarse que, por supuesto, estaba preparado para cualquier cosa. ¿Acaso no estaba dispuesto a que ella comprobase si sus dos o tres profecías habían tenido tiempo de cumplirse? Se había creído capaz de decir si la proposición de Milly que debía producirse según la más osada de todas ellas se había producido. Pero estaba comprobando que su disposición a revelar tales cosas no iba ser puesta a prueba. El interés de Kate sobre lo ocurrido seguía siendo tan general que incluso su siguiente pregunta pareció desprovista de aspereza.
—¿Así que, después de la intromisión de lord Mark, no os volvisteis a ver?
Era lo que él estaba esperando desde el principio.
—Sí; nos vimos una vez… si es que puede decirse así. Me había quedado en Venecia… No me marché.
—Lo cual —dijo Kate— obedeció sólo a un mínimo de decoro.