Las alas de la paloma

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Y, de paso, comprendió la maravilla que era Susan Shepherd. No había hecho más que protegerle… No había hecho más que encubrirle. Estaba claro que, en su copiosa correspondencia con la amiga de su juventud, todavía no había dicho nada que pudiera comprometerlo. Le había hablado de la renuncia de Milly, pero sólo como un empeoramiento de su estado; le había contado la visita de lord Mark, pues podría haberse enterado por otras vías y no quería que pensara que se la estaba ocultando, pero había eliminado cualquier vínculo o explicación y sobre todo, que él supiera, bendita fuese su alma puritana, había inventado ficciones muy favorables. Por eso él disfrutaba ahora de esa tranquilidad. Por eso, cruzaba la pierna que no paraba de moverse con un constante desasosiego, se recostaba en cómodas sillas de satén amarillo y se dejaba consolar. Es cierto que la tía Maud le hacía preguntas que Kate no le había hecho; pero la diferencia era que, viniendo de ella, le gustaban. Al partir de Venecia había tomado la decisión de actuar como si Milly hubiese muerto ya, pues sólo de ese modo su espíritu podría resistir la espera. La había dejado porque ella se lo había pedido y no era propio de él, como se dice en Estados Unidos, oponerse a sus deseos; y eso le imponía la punzante necesidad de ocupar su tiempo. La incertidumbre le parecía el peor de los sufrimientos y no quería pasar por eso; lo último que deseaba era olvidar a Milly: tan sólo quería olvidar que sufría la tortura de ser consciente de su enfermedad y que ese dolor debía estar crucificándola. Esperar en Londres sabiendo que su dolor continuaba ¿de qué serviría sino para hacer que sus días fuesen imposibles? Su plan, por tanto, era convencerse —por medios no del todo claros— de que la espera había concluido. «En realidad ¿qué otra cosa puedo hacer? —se repetía inquieto—. Más vale pensar que todo ha terminado, como puede suceder en cualquier momento, y volver a ser bueno para algo o para alguien. Tal como estoy no le sirvo a nadie, y menos a ella». Así que lo intentó, en la medida en que cerrar los ojos y pasear con gesto sombrío podía considerarse un intento; pero su plan, como es de suponer, no tuvo ni mucho éxito ni mucha lógica. Los días, breves o largos, eran una dura realidad; descartar sus preocupaciones era una idea muy poco afortunada; la vida misma tenía un poso de incertidumbre. En el fondo, la clave era que estaba esperando; y no hacía falta mucha agudeza para darse cuenta de que, si apreciaba cada día más a la señora Lowder, era justo por ese motivo.


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