Las alas de la paloma

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Le ayudó a aguantar y a la vez fue lo bastante sutil —Densher notó que ella había adivinado lo que quería—, para no insistir en la realidad de la tensión que reinaba entre ellos. Lo más cerca que estuvo de lograr lo que quería, a falta de algo mejor, fue servirle de algo a la tía Maud; su compañía le relajaba incluso cuando los dos fingían que la tragedia había concluido. Hablaban de la moribunda en pasado; lo peor que decían de ella era que había sido extraordinaria. Por otro lado, no obstante, insistían mucho —sin que eso contribuyera demasiado a la paz de Densher— en que «extraordinaria» era la palabra exacta. Reconocerlo era lo que más le calmaba; así que volvía una y otra vez sobre el asunto; hablaba de ello sabiendo que el tiempo corría en su contra y, en particular, como hemos dicho, hablaba de sus impresiones más personales como nunca lo había hecho con Kate. Casi parecía que la señora Lowder disfrutara de la perfección de esos sentimientos: se sentaba a contemplar la escena, como si él no pudiera evitar contárselo, igual que la mujer de un rollizo ciudadano podría haberse sentado en una obra de teatro que hiciese llorar a la gente, en el foso entre el círculo familiar. Lo que más la conmovía era el modo en que la pobre chica debía haber querido vivir.




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