Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —No; le hablé de ti, le dije, o le di a entender, que, si me lo permitÃa, te llevarÃa conmigo.
—Pero no lo permitirá —replicó Densher.
—No quiso saber nada, fuesen cuales fuesen las condiciones. No está dispuesto a ayudarme, ni a salvarme, ni a mover un dedo por mà —prosiguió Kate—. Se escabulló, con su estilo inimitable, y me echó.
—Te echó en mis brazos, por suerte —dijo Densher.
Pero ella siguió hablando como si no tuviese delante más que la escena que acababa de evocar.
—Es una pena, porque te habrÃa gustado. Es un hombre maravilloso y encantador. —Su acompañante soltó otra vez una de esas risas que manifestaban hasta qué punto el tono de voz de Kate condenaba la conversación de las demás mujeres, si es que conocÃa a otras, al gris desierto de lo convencional, y ella prosiguió—: Seguro que habrÃa acabado conquistándote.
—¿Aunque no fuese de su agrado?
—Bueno, a él le gusta complacer a la gente —explicó la joven—. Te habrÃa apreciado y tratado con inteligencia. Soy yo quien no soy de su agrado, por haberme fijado en ti.
—Pues ¡menos mal —exclamó Densher— que te fijaste en mà y le diste motivos para oponerse!
Ella respondió al instante, con cierta incoherencia.