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A pesar de que poseía el gran defecto (y era el único que le veía) de tener una escala de seriedad siempre ascendente, Laura lo juzgaba con interés suficiente para sentir verdadero placer al advertir que, aunque le molestaba que Selina se fuera sin decir si volvería pronto, se conducía tal como lo haría un caballero y se rendía respetuosa y galantemente a su deseo. El señor Wendover sugirió que, tal vez, podría convencer a sus amigos para que fueran a su palco, pero cuando ella objetó: «Oh, es que son demasiados», le puso el chal sobre los hombros, abrió la puerta del palco y le ofreció el brazo. Mientras todo esto sucedía, Laura vio a lady Ringrose examinándolos con sus anteojos. Selina rechazó el brazo del señor Wendover.

—Oh, no. Quédese usted con ella, seguro que él quiere acompañarme —dijo, mirando al señor Booker con aire sugerente. Selina nunca decía un nombre cuando bastaba un pronombre. Por supuesto, el señor Booker, se apresuró a satisfacer su petición con un mandamiento de su amigo para que la trajera de vuelta con presteza. Mientras se alejaban, Laura oyó que Selina le decía a su acompañante, y se dio cuenta de que el señor Wendover también lo oía—: ¡Por nada del mundo la habría dejado sola con usted!



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