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La ópera siguió su curso, pero el señor Booker no regresó. La cantante americana lanzaba trinos y gorgoritos, ejecutaba vuelos notables y se la aplaudió mucho, todo indicaba un gran éxito; pero Laura cada vez prestaba menos atención a la música, ya que no tenía ojos más que para lady Ringrose y su amiga. Las contempló con insistencia e intentó sondear con los gemelos la oscuridad velada que tenían a sus espaldas. Sólo prestaban atención al escenario y en aquel momento no daban muestras de estar acompañadas. Sus acompañantes se habían ido o no les prestaban gran atención. Laura era incapaz de adivinar ningún motivo concreto por parte de su hermana pero cada vez estaba más convencida de que no había ofendido de aquella manera al señor Wendover sólo para charlar un ratito con lady Ringrose. Había algo más, había alguien más en el asunto. Y en cuanto la joven tuvo clara esta idea, tardó poco más en asociarla con la imagen del capitán Crispin. Y esta imagen la empujó a esconderse aún más tras la cortina, porque se sonrojó; y, si bien se ruborizaba de vergüenza, también lo hacía de rabia. El capitán Crispin estaba allí, en el palco de enfrente; aquellas horribles mujeres lo ocultaban (se le olvidaba lo inofensiva y leída que le había parecido lady Ringrose en aquella ocasión en Mellows); se habían entregado a aquel despreciable proceder. Selina estaba ahí cobijada, protegida por ellas, y había cometido la bajeza de utilizar a una joven decente, a la más leal, la más abnegada de las hermanas, para ese mismo fin. Laura enrojeció con la sensación de que, sin sospecharlo, había formado parte de una trama, de que la utilizaban, igual que a las dos damas de enfrente, pero que, por añadidura, la habían ofendido en la medida en que ella no era cómplice consciente, como ellas, y la habían engañado de aquella manera delante de centenares de personas. Le vino a la cabeza lo mal que se había portado Selina el día de Lincoln’s Inn Fields y cómo, a pesar de la comedia que había representado en el ínterin, la mujer que había encontrado entonces semejantes palabras de ofensa sin duda podría atacarla por otro flanco con un arma nueva. Por tanto, mientras la música pura llenaba el lugar y la hermosa imagen del escenario resplandecía tras ella, Laura se encontraba frente a la extraña inferencia de que la maldad de la naturaleza de Selina la hacía desear —puesto que se había entregado a ella— que su hermana se le pareciera, haciéndola pasar por una mujer tan «ligera» como ella. La joven se dijo que tal vez lo hubiera conseguido ya, ante la cínica mirada de Londres; y para su espíritu agitado, aquel teatro inmenso tenía un sinfín de ojos, ojos que ella conocía, ojos que la conocerían, que la verían allí sentada con un joven desconocido. Había reconocido ya muchos rostros y su imaginación se apresuró a multiplicarlos. Pero tras arder un rato con esta sublevación particular, dejó de pensar en sí misma y en lo que, según le parecía, había pretendido Selina: todos sus pensamientos se concentraron entonces en calcular el momento del regreso de la señora Berrington. Como no volvía y seguía sin volver, Laura sentía el corazón muy oprimido. No sabía qué temía, no sabía qué suponía. Estaba tan nerviosa (igual que la noche en que esperó, hasta el amanecer, a que su hermana regresara a la casa de Grosvenor Place) que cuando el señor Wendover hacía alguna observación ocasional no lo entendía y era incapaz de contestar. Afortunadamente, hizo muy pocas; estaba abstraído —bien fuera porque se preguntaba también lo que Selina era «capaz de hacer» o, lo que era más probable, simplemente, porque estaba absorto en la música—. Sin embargo, lo que Laura sí había comprendido era que, cuando, en tres ocasiones, inquieta, dijo: «¿Por qué no vuelve el señor Booker?», él contestó: «Oh, tenemos mucho tiempo. Estamos muy cómodos».


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