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Sin embargo, lady Davenant no era dada a imaginar en su interlocutor severidad alguna ni a preocuparse por su posible existencia, llegado el caso, y la dama prosiguió con su fluida oratoria.

—Bien, debemos tener paciencia; lo resolveremos juntos. Temía que se marchara usted, por eso no he perdido el tiempo. Ante todo, quiero que le quede claro que ella no tiene la menor idea de que lo he hecho venir y debe prometerme que nunca, nunca, nunca se enterará. Se pondría hecha una furia. Ha sido idea mía y asumo la responsabilidad. Es cierto que lo conozco poco, pero me ha hablado bien de usted. Además, no acostumbro a equivocarme con la gente y el otro día usted me gustó, aunque parecía pensar que yo tenía ciento ochenta años.

—Me siento muy honrado —replicó el señor Wendover.

—¡Me alegro de que esté complacido! Deberá estarlo si le digo que ahora me gusta usted aún más. Veo cómo es usted; lo único que no veo es su fortuna. Quizá no importe mucho, pero ¿tiene usted dinero? En otras palabras, ¿tiene buenas rentas?

—¡No, lo cierto es que no! —rio el joven, desconcertado—. La verdad es que tengo muy poco dinero.

—Bueno, supongo que tiene usted tanto como yo. Además, eso será prueba de que ella no se mueve por interés.


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