Lo mas selecto
Lo mas selecto A la anciana le gustaba cortar las páginas de los libros nuevos y nunca encomendaba esa tarea a su doncella y, mientras estuvo con ella su joven visitante, recorrió gran parte de un volumen con su abrecartas. No trabajaba muy deprisa; sus viejas manos ejecutaban movimientos torpes y pacientes; pero, cuando pasaba la cuchilla por la última hoja, dijo bruscamente:
—¿Y cómo le va a su hermana? ¡Es una mujer muy ligera! —añadió lady Davenant antes de que Laura tuviera tiempo de contestar.
—¡Oh! ¡Lady Davenant! —exclamó la joven, vaga, lentamente, irritada consigo misma en cuanto habló por haber pronunciado las palabras como una protesta cuando, en realidad, tenía ganas de hacer hablar a su compañera. Para corregir esa impresión, soltó el impermeable.
—¿Ha hablado usted con ella? —preguntó la anciana.
—¿Que si he hablado con ella?
—De su conducta. Me atrevería a decir que no lo ha hecho. Ustedes, los americanos, tienen mucha falsa delicadeza. Me atrevería a decir que Selina no hablaría con usted si usted estuviera en su lugar (¡disculpe la suposición!) y, sin embargo, es capaz… —pero lady Davenant hizo una pausa y prefirió no decir de qué era capaz la joven señora Berrington—. Esa casa es mala para una joven.