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Lionel se encontraba en casa, en Grosvenor Place: Laura irrumpió en la biblioteca y lo encontró haciendo el padrazo. Geordie y Ferdy jugaban a su alrededor; no se había considerado necesaria la presencia de la señorita Steet y el padre sujetaba a su hijo menor por la barriga, en sentido horizontal, entre las piernas, mientras el niño extendía los brazos que, al parecer, pretendían remedar los gestos de un nadador. Geordie aguardaba con impaciencia, en la orilla de un arroyo imaginario, y protestaba diciendo que le tocaba a él, y en cuanto vio a su tía corrió hacia ella pidiéndole que lo sujetara del mismo modo. A Laura le sorprendió la superficialidad de su infancia; parecían no tener la menor noción de que había estado ausente y no les importaba que hubiera estado enferma. Pero Lionel lo compensó con creces; la saludó con afectuosa jovialidad, le dijo que era magnífico que hubiera regresado y señaló a los niños, que, ahora que la tiíta estaba otra vez en casa, se divertirían muchísimo. Ferdy le preguntó si había estado con su mamá, pero no esperó ninguna respuesta, y Laura observó que, mientras estuvieron en la habitación, no volvieron a aludir a su madre ni formularon más preguntas sobre ella. Le habría gustado saber si su padre los había aleccionado para que no la mencionaran y reflexionó que, aunque lo hubiera hecho, no era probable que tal orden fuera eficaz. Que ni siquiera sus hijos la echaran de menos hacía todavía más fea la huida de Selina y, a los ojos de Laura, de algún modo, todavía más triste la situación el que ni siquiera se pudiera llorar a la madre y esposa porque no lo merecía, ni sentir compasión por los niños porque no inspiraban ese sentimiento.


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