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La corregía menos, debo añadir, un extraño recuerdo que adquiría intensidad a medida que iba yo oyendo todo aquello, una asociación mental que había evocado el nombre del señor Porterfield. Estaba seguro de que tenía una impresión personal, confusa y borrosa, del caballero que esperaba en Liverpool, o que esperaría, a la protégée de la señora Nettlepoint. Lo había visto, conocido, en alguna ocasión, en algún lugar, de algún modo, en Europa. ¿No estaba estudiando algo —muy difícil— en algún lugar, probablemente en París, diez años antes? ¿Y no hacía unos dibujos extraordinariamente pulcros, lineales, de arquitectura? ¿No comía en una table d’hôte[14], a dos francos veinticinco, en la Rue Bonaparte, que yo frecuentaba por entonces? ¿Y no llevaba gafas y una falda escocesa arreglada de tal manera que parecía decir: «Tengo información confidencial de que así es como se lleva en las Highlands»? ¿No era ejemplar y muy pobre, al punto de que yo lo imaginaba sin abrigo y durmiendo debajo de su tartán por las noches? ¿No continuaría trabajando mucho y no seguiría el curso natural de los acontecimientos, todavía insatisfecho de su formación para atreverse a dar un paso? Sería un hombre de largos preparativos: la cara pálida de la señorita Mavis parecía aludir a uno de ellos. Me pareció que si yo hubiera estado enamorado de ella no habría necesitado tanta complicación para casarme. Él se dedicaba a la arquitectura y era alumno de la École des Beaux Arts. Su recuerdo fue haciéndose tan nítido que, al cabo de diez minutos, tenía ya la curiosa sensación de que, indirectamente, sabía mucho sobre la joven.


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