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—¡Lo verá usted, yo no! Yo me lavo las manos en lo que a ella respecta.

—No diga eso, no diga eso.

La señora Nettlepoint me miró un momento.

—¿Por qué habla con tanta solemnidad?

Le devolví la mirada.

—Se lo diré antes de que lleguemos a tierra. ¿Y ha visto mucho a su hijo?

—Oh, sí. Ha venido varias veces. Parece encantado. Tiene un camarote para él solo.

—Ha tenido mucha suerte —dije—. Pero me da la impresión de que siempre tiene mucha suerte. Estaba seguro de que tendría que ofrecerle la litera libre de mi cuarto.

—Y a usted no le habría gustado mucho porque no le cae bien —contestó la señora Nettlepoint.

—¿Quién le ha metido esa idea en la cabeza?

—No la tengo en la cabeza, sino en mi corazón, en mi coeur de mère[17]. Adivinamos estas cosas. Le parece egoísta, me di cuenta anoche.

—Querida señora —dije—, no tengo ninguna idea general sobre él: es uno más de los fenómenos que voy a observar. Me parece un joven muy simpático. Sin embargo —añadí—, y ya que se ha referido a anoche, reconoceré que me pareció que se dedicaba a torturarla. Jugaba con su inquietud.


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