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__ III __

Aunque lento, el Patagonia era espacioso y cómodo, y su largo y amoroso balanceo y su paso susurrante y anticuado poseían cierta decencia maternal. Se diría que no deseaba presentarse en el puerto empapado y entusiasta como una criatura. No éramos demasiados para ir apretados y, sin embargo, no éramos tan pocos que resultara aburrido, y disfrutábamos de la familiaridad y alivio que adquieren los objetos y las figuras en el gran campo desnudo del océano, bajo el cristal grande y brillante del cielo. Nunca me había gustado tanto el mar; en realidad, nunca me había gustado nada. Pero en aquel momento tuve la revelación de en qué medida, en un estado de ánimo veraniego, podía serme agradable. Era oscuro y magníficamente azul, de una tranquilidad imperturbable, salvo por las grandes olas regulares de su latido, el pulso de su vida, y la sensación de flotar en el aislamiento y el ocio infinito empezó a convertirse en algo tan grato que era una gran satisfacción que el Patagonia no fuera un barco de competición. No se me había ocurrido nunca pensar en el mar como el mayor refugio, pero en aquel momento parecía que no había lugar en que uno estuviera más a salvo de la tierra. Cuando no da inquietudes, las quita: quita cartas, telegramas, periódicos, visitas, obligaciones y esfuerzos, todas las complicaciones, todas las superfluidades y supersticiones con que hemos atiborrado nuestra vida terrena. La mera ausencia de correo, cuando las condiciones concretas le permiten disfrutar a uno del gran acontecimiento gracias al cual se produce, se convierte en sí misma en una especie de bendición, y el escenario desnudo de la cubierta, bajo la fuerte luz del mar, ofrece una obra entretenida, el drama personal del viaje, el movimiento y la interacción de figuras que acaban por representar algo: algo que, por otra parte, el interés que suscita nunca es, ni en el momento más intenso, tan grande que le impida a uno ir a dormir. En cualquier caso, yo dormitaba, tendido sobre mi manta de viaje, con una novela francesa y, cuando abría los ojos, generalmente veía a Jasper Nettlepoint pasando con la protégée de su madre cogida del brazo. En esos momentos, entre el sueño y la vigilia, tenía la incoherente sensación de que formaban parte de la novela francesa. Quizá eso se debía a que había caído en la trampa, desde el principio, de mirar a Grace Mavis como si fuera una mujer casada, cosa que, como todo el mundo sabe, es el estatus necesario de la heroína de tales obras. En cualquier caso, cada vuelta que daba el motor contribuía a transformarla en una de ellas.


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