Lo mas selecto
Lo mas selecto En el salón, a la hora de las comidas, mi vecina de la derecha era una tal señora Peck, una persona muy baja y redonda que llevaba la cabeza envuelta en una «nube» (una nube de lana blanca y sucia) y que no tardó en comunicarme que iba a Europa para educar a sus hijos. Me había dado cuenta ya (una hora después de zarpar) de que necesitaban algún tipo de medida enérgica en ese sentido, pero, como todavía no estábamos en Europa, podría decirse que la tarea aún no había empezado. Los cuatro pequeños de la familia Peck, que disfrutaban de su tiempo libre sin restricciones, pululaban por todo el barco como si fueran piratas al abordaje, y su madre era tan incapaz de contenerlos como si estuviera amordazada y encerrada en la bodega. En especial, era de prever que corrieran entre las piernas de los camareros cuando estos empleados llevaban tazones de sopa a las damas lánguidas. Su madre estaba demasiado ocupada contando a los compañeros de viaje cuántos años llevaba prometida la señorita Mavis. En el vacío de una existencia marina, las cuestiones que no son asunto de nadie pronto se convierten en asunto de todos, y ése fue precisamente uno de los hechos que se difundieron con una rapidez misteriosa y ridícula. El susurro que los lleva es muy pequeño en comparación con la gran escala de todas las cosas, el aire, el espacio y el viaje, pero es también muy seguro, porque no hay compresión, no hay caja de resonancia que haga responsables a quienes hablan. Y, en el mar, la repetición en cierto modo no es repetición; la monotonía lo impregna todo, el cerebro no piensa y todo es recurrente: las campanas, las comidas, la cara de los camareros, el retozar de los niños, el paseo, la ropa, incluso los zapatos y botones de los pasajeros haciendo ejercicio. Al final, estas cosas se vuelven tan insípidas que, por comparación, las revelaciones sobre la historia personal de los compañeros de viaje tienen cierto sabor, aunque a uno le importen poco esas personas.