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—Sí, pero usted podría retener a Jasper.

—¿Podría? —preguntó la señora Nettlepoint en el tono de una mujer que conoce a su hijo.

Al día siguiente, en el salón, después de cenar, sobre el mantel rojo de las mesas, bajo las bamboleantes lámparas y las hileras de vasos, jarras y copas de vino, nos sentamos a jugar al whist y la señora Peck, entre otros, también participó en el juego. Jugaba muy mal y hablaba demasiado y, cuando se terminó el rubber alivió su frustración (aunque no la mía: habíamos sido pareja) con una tostada con queso fundido y una bebida caliente. Habíamos terminado de jugar a las cartas pero, mientras esperaba el refrigerio, aguardó sentada con los codos sobre la mesa, barajando.

—Todavía no ha hablado conmigo. No lo hará —dijo de repente.

—¿Es posible que haya alguien en el barco que no haya hablado con usted?

—Esa joven no, ¡lo sabe muy bien! —la señora Peck miró al pequeño círculo que nos rodeaba con una sonrisa de complicidad: tenía unos ojos familiares, comunicativos. Varios de nuestros compañeros se habían reunido, según la costumbre de quienes se encuentran a gusto en el mar, para tomar como último refrigerio del día unas sardinas a la brasa con trocitos de pollo picantes.

—¿Y qué es lo que sabe?


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