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En esta ocasión se marchó, y concluí con bastante pesar que el único resultado claro de mi experimento había sido, probablemente, dejar patente que ella estaba enamorada de él. Tal como había anunciado, la señora Nettlepoint subió, pero había pasado ya gran parte del día: eran casi las tres. Iba acompañada de su hijo, que la instaló en cubierta, le arregló la tumbona y los chales, comprobó que estaba protegida del sol y del viento y, durante una hora, fue muy atento. Mientras todo eso sucedía, Grace Mavis no se dejó ver ni volvió a aparecer en toda la tarde. Hasta el momento, en ninguna ocasión la había echado en falta un periodo tan largo. Jasper se marchó, pero regresaba de vez en cuando para ver cómo estaba su madre y, cuando ésta le preguntó dónde estaba la señorita Mavis, él le dijo que no tenía la menor idea. Me senté con la señora Nettlepoint cuando me lo pidió: me dijo que sabía que, si la dejaba sola, la señora Peck y la señora Gotch se acercarían a hablar con ella. Estaba nerviosa y cansada por haber tenido que hacer aquel esfuerzo, y creo que la circunstancia de que Grace Mavis hubiera elegido aquella ocasión para retirarse le sugería vagamente que le había tomado el pelo. Observó que la ausencia de la joven era muestra de su total falta de educación y que ella había sido muy bondadosa al exponerse a salir por ella de aquella manera. Era una joven vulgar y no había nada más que decir. Me daba cuenta de que la llegada de la señora Nettlepoint había acelerado la actividad especuladora de las otras señoras; la miraban desde el otro extremo de la cubierta y clavaban los ojos en ella igual que el hombre al timón clavaba los suyos en la trayectoria del barco. Era obvio que la señora Peck estaba buscando alguna vía de aproximación y la señora Nettlepoint miró para otro lado con intención de evitar ese peligro.


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