Lo mas selecto
Lo mas selecto La mujer miraba al coronel como si estuviera enamorada de él, raro accidente para la más orgullosa y reservada de las mujeres. Pero, sin duda, aquello carecía de importancia, si a su marido le gustaba o no se daba cuenta: años antes, le había llegado la vaga noticia de que se había casado y daba por hecho (puesto que no había oído que hubiera enviudado) la presencia de aquel hombre afortunado al que ella había concedido lo que le había negado a él, el pobre estudiante de arte de Múnich. El coronel Capadose no parecía darse cuenta de nada y esta circunstancia, por incongruente que pareciera, irritó más que satisfizo a Lyon. De repente, la dama volvió la cabeza y mostró su rostro plenamente a nuestro héroe. Éste tenía el saludo tan preparado que sonrió al instante, como desborda una jarra que alguien agita; pero ella no respondió, volvió la cabeza otra vez y se echó atrás en su asiento. Lo único que dijo su rostro en aquel instante fue: «Ya ve usted, soy tan bella como siempre». A lo cual él añadió para sí: «Bueno, ¡para lo que me sirve!». Preguntó al joven que estaba a su lado si conocía a aquella bella invitada, la quinta a partir de él. El joven se inclinó hacia delante, miró y dijo:
—Creo que es la señora Capadose.
—¿Es su esposa? ¿La de aquel individuo? —y Lyon indicó al objeto de la información dada por su vecina.