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No estaba dispuesta a afirmar que esa compañera —aunque Lionel parecía creerlo— fuera peor que otras veinte mujeres que eran íntimas amigas de su hermana y a las que había visto en Londres, en Grosvenor Place, e incluso bajo las viejas hayas maternales de Mellows. Pero le parecía un gesto desagradable e innoble por parte de Selina marcharse de viaje de esa manera, como un viajante de comercio, de manera caprichosa, clandestina, sin advertir a nadie, cuando le había hecho creer que únicamente pasaba tres o cuatro días en la ciudad. Era una muestra de mal gusto y de malos modales, era propio de una cómica de tercera, de la total e irremediable frivolidad de Selina, la peor acusación (Laura intentaba aferrarse a esa opinión) a la que se exponía. Por supuesto, la frivolidad que no se avergonzaba de sí misma era como un resfriado mal tratado: uno se exponía a una muerte moral, igual que por cualquier otro motivo. Laura lo sabía y por eso estaba indeciblemente irritada con su hermana. Esperaba que, al día siguiente, le llegara una carta de Selina (que la señora Berrington mostrara, al menos, ese vestigio de decoro) y ésta le diera la oportunidad de enviarle la respuesta que estaba ya escribiendo mentalmente. Apenas reducía el ansia de Laura ante aquella oportunidad que se imaginara a Selina enseñándole la carta, riéndose, por encima de la mesa de aquel lugar cercano a la Madeleine, a lady Ringrose (que iría ya maquillada: Selina, sería justa con ella, todavía no lo estaría) mientras los camareros franceses, con delantales blancos, contemplaban a ces dames. Era tarea nueva para nuestra jovencita juzgar los tonos, los matices, las probabilidades de libertinaje y de qué lado se encontraba —o, mejor dicho, hasta qué punto del lado malo— lady Ringrose.


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