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Un cuarto de hora antes de la cena, Lionel envió una nota a su habitación diciéndole que tendría que cenar sola, ya que le dolía la cabeza y no iba a bajar. Aquélla era una gracia inesperada y simplificaba la situación de Laura, la cual, mientras se alisaba los volantes, se desplazó hasta la mesa. Sin embargo, antes de hacerlo, regresó a la sala donde daban clase y comunicó a la señorita Steet que debía aportarle su compañía. Llevó a la institutriz (los niños estaban ya acostados) al piso de abajo y la hizo sentar enfrente, pensando que sería una salvaguarda si Lionel cambiaba de idea. La señorita Steet estaba más asustada que ella —era un baluarte encogido—. La cena fue sosa y la conversación, escasa; la institutriz comió tres aceitunas y contempló los dibujos de las cucharas. Laura tuvo, más que nunca, la sensación de que se avecinaba un desastre; una ráfaga de desgracia parecía soplar por la casa; le helaba los pies debajo de la silla. La carta que había tenido en la cabeza se apagó como una llama al viento y en aquel momento sólo pensaba en telegrafiar a Selina a primera hora de la mañana para decirle cosas muy distintas. Apenas dirigió la palabra a la señorita Steet y la institutriz bien poco pudo decirle: ya le había contado su historia con frecuencia. Después de cenar, llevó del brazo su acompañante al salón y se sentaron juntas al piano. Durante una hora, tocaron a cuatro manos de modo mecánico y violento. Laura no tenía ni idea de qué música era aquélla: sólo sabía que la ejecución era execrable. No obstante, oyó que una voz vaga decía detrás de ella, al final:


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