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__ V __

Bien, eso es lo que en conjunto, y a pesar de todo, sucedió en realidad. Ha vertido en mi memoria una pequeña y hermosa galería de imágenes, un panorama ordenado de las ocasiones que fueron prueba del privilegio que por unos momentos —en las palabras que acabo de anotar— me tornaron lírico. Veo a la señora Brash, en cada una de esas ocasiones, prácticamente entronizada, rodeada y más o menos acosada; veo las prisas, los codazos, el asedio y las miradas clavadas en ella; veo a la gente buscando «formas» de ser presentada, oigo lo que dicen cuando ya han tenido su oportunidad; oigo, sobre todo, la expresión fundamental: —«¡Ah, sí, el famoso Holbein!»— ir de boca en boca con esa celeridad tan perfecta que convierte los movimientos del pensamiento londinense en una mezcla feliz de los del loro y la oveja. Nada sería más fácil, por supuesto, que contar esta breve historia prestando únicamente atención a ese tonto aspecto. Porque era muy grande la tontería, pero diré en favor del caso de la señora Brash que también era grande la bondad de éste. Por supuesto, además, correspondió a «nuestro círculo», con su franco terror infantil ante lo banal, comportarse con sensatez o sin cordura; aunque, en realidad, nunca he acabado de entender dónde empieza y termina «nuestro círculo» y, en este sentido, he tenido que conformarme con las indicaciones que me dio en una ocasión una dama junto a la cual me sentaron a cenar: «¡Oh, limita al norte con Ibsen y al sur con Sargent!». La señora Brash no posó para mí; se negó tajantemente y, cuando declaró que le bastaba con que la hubiera invitado con tan amable precipitación, interpreté que lo decía con toda sinceridad, porque nos entendimos perfectamente desde el principio. Su actitud era tan acertada como prodigioso su éxito. El sacrificio del retrato era un sacrificio a la auténtica esencia de lady Beldonald y, según adiviné, contribuyó en gran medida, durante un tiempo, a sofocar su tensión doméstica. Así, lo único que pudo decir —y oí en varias ocasiones que lo había dicho— era que estaba segura de que yo la habría pintado maravillosamente si ella no me lo hubiera impedido. Ella ni siquiera podía decir la verdad, cosa que habría hecho yo si lady Beldonald no hubiera hecho lo contrario; y nunca quiso sacar el tema delante de ese personaje. Sólo puedo describir el asunto, como es natural, desde el exterior, y no permita Dios que intente reconstruir con detalle la extraña relación que pudieran mantener esas buenas amigas en su casa.


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