Lo mas selecto
Lo mas selecto Mi anécdota, sin embargo, perdería parte del interés que pueda tener si omitiera toda mención al sesgo encantador que gradualmente lady Beldonald parecía haberse sentido en condiciones de dar a sus movimientos. Había hecho imposible que yo planteara nuestra primera, nuestra antigua cuestión, pero eran francamente distinguidos los modales con que aceptaba ahora otras posibilidades. Permítaseme que le haga justicia; sus esfuerzos por mostrarse magnánima debieron de ser inmensos. Por supuesto, no faltarían modos diversos de que la pobre señora Brash pagara por ello. De hecho, no tardaríamos en ver cuánto había tenido que pagar; y, en lo más hondo, estoy convencido de que, a modo de clímax, al final, su vida fue el precio. Pero mientras vivió, por lo menos —y con una intensidad, durante aquellas maravillosas semanas, nunca soñada—, la propia lady Beldonald hizo frente a las consecuencias de sus actos. A eso me refiero cuando hablo de las posibilidades, de las espinosas realidades que aceptó. Salía con nuestra amiga, la dejaba ver en su casa, nunca intentó esconderla ni traicionarla y no le jugó ninguna mala pasada mientras duró la dura prueba. Tomó, ella también, un largo trago de la copa; copa que, para sus labios, sólo podía ser de amargura. Pocos momentos de éxito conocería su compañera, creo yo, en los que ella no estuviera presente. Sin embargo, nuestras observaciones confirmaron generosamente la teoría de la señora Munden sobre el silencio en que todo eso quedaría ahogado entre ellas dos. Aquello supondría la muerte de una u otra, pero jamás lo comentarían a la hora del té. Recuerdo incluso que Nina llegó a decirme en una ocasión, mirándome directamente a los ojos, con gesto sublime: