Lo mas selecto
Lo mas selecto —He entendido lo que usted decÃa: desde luego, es un cuadro.
La belleza de todo ello era que, además, estoy convencido de que, en realidad, no habÃa entendido nada: sus palabras eran mera hipocresÃa, fruto de su consciente empeño en la virtud. Era imposible que lo entendiera: para ella, su amiga era tan «terriblemente fea» como siempre; debió de preguntarse hasta el último momento cómo podÃa habérsenos ocurrido tan extraña idea. ¿Y no serÃa, en realidad, al fin y al cabo, esa incapacidad para ver, en definitiva, esa suprema estupidez, lo que mantuvo a raya durante tanto tiempo la catástrofe? En cierto modo, se sentirÃa superior al ver cómo tantos de nosotros estábamos tan absurdamente confundidos; y recuerdo que, en diversas ocasiones, y, en especial, cuando pronunció las palabras que acabo de citar, su gran serenidad, como señal de alivio de su dolor, si no del esfuerzo de su conciencia, contribuyó de modo visible e inaudito a la belleza de su rostro. La condujo a un estado de exaltación, un momento tan sublime que recuerdo que, en el momento, le solté en un tono extraño, brusco y divertido:
—Me parece que serÃa capaz de pintarla ahora mismo, ¿sabe?