Lo mas selecto
Lo mas selecto Aquello hizo que Lionel la mirara fijamente; se sonrojó pero, al cabo de un momento, echó la cabeza hacia atrás con una carcajada.
—¿Y no te parece amable por mi parte que me quede aquà aguantando todo esto? Si sólo me preocupa mi propio placer, dime, ¿qué placer me das tú? Mira cómo me lo tomo, Laura. TendrÃas que ser justa conmigo. ¿No he sacrificado mi casa? ¿Qué más puede hacer un hombre?
—Creo que tu casa te preocupa tan poco como a Selina. Y es algo tan hermoso y sagrado, ¡que Dios os perdone! Los dos estáis ciegos, no tenéis sentido común ni corazón, y no sé qué veneno corre por vuestras venas. ¡Estáis malditos y un dÃa se os juzgará! —prosiguió la chica, encendida como una joven profetisa.
—¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que me quede en casa leyendo la Biblia? —preguntó su interlocutor; ante la profunda seriedad de la muchacha, sus palabras parecÃan blasfemas.
—Pues de vez en cuando no te harÃa ningún mal.
—Desde luego, a ella sà que se la juzgará: estoy seguro y sé dónde se dictará sentencia —dijo Lionel Berrington, permitiéndose sin disimulo algo similar a un guiño—. ¿Le he hecho la mitad de lo que ella me ha hecho a m� Qué digo la mitad, ¿la centésima parte? ¡Contéstame con sinceridad, querida Laura!