Lo mas selecto
Lo mas selecto En aquel momento, podían hablar a sus anchas de estas cosas. Otras parejas, cómodamente arrellanadas y dispersas, disfrutaban del mismo privilegio, y, por así decirlo, Sutton gozaba cada vez más de la ventaja de sentir que su interés por la señora Grantham se había convertido —tal era el lujo de un código social tan elevado— en una amistad reconocida y protegida. Sutton conocía lo bastante bien su mundo londinense para saber que estaba en camino de que lo consideraran el principal consuelo por la mala pasada que, varios meses antes, le había jugado en público lord Gwyther a la señora Grantham. No eran muchos los que, de acuerdo con el elevado código social en cuestión, creyeran que lord Gwyther tuviera derecho a aparecer de aquella manera, de un día para otro, comprometido. Pero Sutton, por su parte, pensaba que Londres, con sus atajos y su psicología barata, daba mucho por sentado. En su opinión, él nunca había sido —ni estaba en la naturaleza de las cosas que lo fuera— «sucesor» de ningún hombre. Lo que otros predecesores habían tenido en común era, aparentemente, que habían sido capaces de decidirse. Él, con peor suerte, se encontraba a merced del rostro de ella: ahora, más que nunca, a su merced, lo que, además, no implicaba que lo hubiera convertido en un esclavo, sino, en un sentido desconcertante, en un escéptico. Su rostro poseía la absoluta perfección de lo hermoso; pero, de un modo u otro, las cosas acababan reflejándose en él.