Lo mas selecto
Lo mas selecto —Y, si se puede saber, el motivo de usted, ¿cuál es? —dado que se trataba de una pregunta y ella tardaba en contestarla (y, durante un momento, sólo pareció interesarle un grupo que se habÃa formado en el otro extremo de la sala), prosiguió—: ¿Y cuál es el de él? A mi parecer, ésa serÃa la cuestión fundamental. Por su motivo me refiero a la decisión de lanzar a su mujercita, atada de pies y manos, en sus brazos. Inteligente como es usted y con estas tres o cuatro horas que ha tenido para reflexionar, todavÃa no entiendo que eso no consiga desconcertarla.
Ella seguÃa mirando a los vecinos de enfrente.
—Mujercita, la ha llamado. ¿Tan pequeña es?
—Diminuta, diminuta: tiene que serlo; diferente en todos los sentidos, necesariamente, de usted. Siempre son el polo opuesto, ya sabe —dijo Shirley Sutton.
Ella lo miró.
—¡Me parece usted de un descaro…!
—No, no. Sólo quiero que lo averigüemos juntos.
Ella miró otra vez a lo lejos y, al cabo de un poco, prosiguió:
—Estoy segura de que es encantadora y sólo espero que nadie deduzca que se ha cansado ya de ella.
—¡En absoluto! Está enamoradÃsimo y seguirá estándolo.