Lo mas selecto
Lo mas selecto —Entonces, ¿está muy interesada? —preguntó; y al oÃr en qué estado de ánimo se encontraba, aunque apenas se lo habÃa contado someramente, exclamó—: ¡Ustedes, los artistas, son extraordinarios!
Le confesé, casi con mala conciencia, que, en efecto, lo éramos, y mientras ella me explicaba que lo que querÃa decir era que parecÃamos entenderlo todo, y yo le contestaba que a eso me referÃa yo también, me llevó a otra habitación para ver el lugar en donde colocarÃa el cuadro, confirmando con ello la veracidad de mi hipótesis. El lugar reservado para el retrato —en su dormitorio, como ella lo llamaba, un tocador situado en la parte trasera de la casa, que daba al jardÃn común de esas estimadas hileras modernas, y que, como ella dijo, sólo necesitaba ese toque— resultó ser exactamente el lugar (el gran panel de madera blanca sobre la chimenea) del que yo habÃa hablado a mi amiga.
—¿No le parece que quedará bien? —preguntó con inocencia, y me miró con aire curioso, como buscando indicios de que yo era capaz de interpretar comprensivamente lo que ella no decÃa. La pobrecilla estaba tan cerca de decirlo que no tuve ninguna dificultad. El retrato, dispuesto como si se tratara de una imagen santa, del más refinado caballero que se haya visto, colmarÃa mejor sus necesidades que las de la habitación.