Lo mas selecto
Lo mas selecto Salió diez minutos más tarde y, dado que las exigencias de su tiempo eran muchas, estuvo fuera tanto rato que a las seis y media no había regresado. A esa hora, por su parte, Scott Homer llamó a la puerta de la señorita Cutter y la doncella, que la abrió con la débil pretensión de sostenerla con firmeza, se aventuró a anunciarle, como una lección bien aprendida, que no se le esperaba hasta las siete. Sin embargo, ninguna lección podía imponerse sobre su arte innato. Scott argumentó cansancio, lo triste que era su Londres —el Londres de la criada— y la necesidad de acurrucarse en algún sitio. Si tenía la amabilidad de dejarlo tranquilo media horita, ese viejo sofá del piso de arriba serviría; en efecto, tomó posesión de él de manera tan rápida y eficaz que cuando, cinco minutos más tarde, echó una ojeada al salón, nerviosa por haber quebrantado la promesa, la incrédula joven lo encontró tumbado cuan largo era y apaciblemente dormido.