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La brecha producida en Inglaterra por el odioso acto, tal como allí se consideraba, del abuelo de la niña, no había dejado de crecer, tanto más cuanto que por el lado americano no se había hecho nada para cerrarla. Se había instalado la frialdad y sólo la indiferencia había podido detener la hostilidad. Por consiguiente, y por fortuna, sobrevino la oscuridad y crecieron unos primos totalmente separados. A ambos lados del golfo infranqueable, de la cortina impenetrable, cada rama había ido echando hojas, y en la vegetación del lado americano ninguna señal o síntoma, según percibía Granger con claridad, indicaba que se echara de menos el clima o el entorno originales. El injerto en Nueva York había prendido y Addie era, de modo inconfundible, una flor de intenso colorido. Por otra parte, en Flickerbridge o cualquier otro lugar, por extraño que pareciera, el tallo paterno había tenido una fortuna relativamente magra, si bien es cierto que, en el sentido más vulgar del término, ninguno de los dos lados había alcanzado la fortuna. Los parientes cercanos de Addie eran tan pobres como numerosos, y Granger deducía que las pretensiones de riqueza por parte de la señorita Wenham no eran tantas que pudiera achacarse a ellas sus deseos de recuperar el parentesco. En cualquier caso, el linaje original había ido menguando, y nuestro joven recibió la oportuna advertencia de que le parecería tímida y solitaria. Lo sorprendente era que, en esas condiciones, deseara, soportara recibirlo. Pero aquello era una historia muy distinta, que resultaría perfectamente inteligible cuando la comprendiera. Granger sostenía las cartas de Addie, excepcionalmente copiosas, sobre el regazo; las examinaba de vez en cuando; seguía los hilos.


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