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De vez en cuando contemplaba el ameno paisaje inglés, una acuarela de abril pintada con maravillosa amplitud. Conocía el equivalente francés y el americano, pero nunca había visto la versión inglesa. La veía ya como el extraordinario marco de la señorita Wenham. La hija del médico de Flickerbridge, con anteojos sobre la nariz, una paleta en la mano e inocencia en el corazón, había sido el milagroso vínculo. Se había dado cuenta, incluso allí, en este mundo maravilloso, de que, para las jóvenes equipadas como ella, la moda del momento la llevaba a formar parte de la vida parisina. Así pues, Addie la había encontrado por casualidad en las cuestas de Montparnasse, como una de las jóvenes inglesas que formaban parte de uno de aquellos escenarios perfectos. Se habían conocido en algún lugar sencillo y habían dado con un territorio común; tras lo cual, la joven, de regreso a Flickerbridge durante un breve paréntesis, relató allí sus aventuras e impresiones y mencionó a la señorita Wenham, que la conocía y protegía desde la infancia, que el nombre de esa misma dama, Adelaide, así como el apellido que lo acompañaba, por lo que ella sabía, lo llevaba también en París un extraordinario espécimen de joven americana. Después cruzó el Canal con un maravilloso mensaje, una duda cortés, dirigida al duplicado de su amiga, la cual, a su vez, asintió a su plena satisfacción. En otras palabras, el duplicado, con valentía, hizo saber a la señorita Wenham quién era exactamente. La señorita Wenham —en cuya tradición personal el tiempo parecía haber reducido la llama del resentimiento a las más pálidas cenizas, y para la cual la historia del gran cisma era ya sólo una leyenda que únicamente necesitaba algo más de luz para ser romántica— había contestado sin demora con una carta de la que trascendía la esperanza en que pudieran retomarse los antiguos hilos. Entre todos, debían resolver con paciencia aquella relación, y sondeaba a la otra parte sobre la posibilidad de una visita. Addie había contestado con una promesa clara; iría pronto, iría en cuanto estuviera libre, iría en julio; pero, mientras tanto, le enviaba a un representante. Frank se preguntaba con qué nombre había descrito, en qué papel lo había presentado en Flickerbridge. En conjunto, se sentía como si se dirigiera allí para averiguar si estaba comprometido con Addie. En realidad, en aquel momento, estaba desconcertado y no sabía por qué criterio se había decantado Addie. Sin duda, ante la señorita Wenham habría optado por una u otra cosa, y quizá la señorita Wenham lo revelara. Esta expectación era, en realidad, su excusa ante una posible indiscreción.


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