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Tras decir esto, quitó del sofá y puso encima del piano una lata de galletas que se había negado a caber en el aparador. En Blackport vivían en habitaciones alquiladas de las más pobres, tal como se la había oído declarar con una franqueza que en Blackport pareció ingrata. En la Casa Natal —y eso mismo, tras la vida que llevaban, era ya motivo de júbilo— no vivirían en habitaciones, puesto que había una casa independiente para el guarda, de la misma manera que, algunas veces, junto a una iglesia antigua y pintoresca, se encuentra la casa del párroco, igualmente antigua y bonita. En conjunto, aquello sería su hogar, y ese hogar formaría un mundo pequeño que no querrían dejar nunca. En este sentido, ella daba vueltas a sus ganancias; puesto que, evidentemente, aunque el salario no era mejor, la casa que se les daba supondría una gran diferencia. Él asentía, pero con aire ausente, y a ella casi la impacientaba el alcance de sus pensamientos. Era como si algo, su mismo número, le velara la vista; hasta que el propio Gedge aclaró de qué se trataba.

—¡Lo que no puedo digerir es que sea un hombre como él…! —exclamó, casi descompuesto por la emoción.

—¿Como él?

—¡Él, el, ÉL…! —era demasiado.


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