Lo mas selecto
Lo mas selecto Estas posibilidades, sin embargo, estaban bien, tal como dijo su compañero, en todo el primer otoño: ellos habían llegado a finales del verano; como si estuviera más que satisfecho con un decorado especial para él solo, al que tenía acceso desde atrás, saliendo por su puerta, de escasa altura, de camino a los pocos escalones que la separaban de la Casa Natal. Con la lámpara cuidadosamente protegida y bien guardadas las llaves que le permitían disponer a su antojo de los tesoros, cruzaba aquella distancia en penumbra con tanta frecuencia que ella empezó a calificarlo de costumbre «que iba a más». Lo decía casi como si se hubiera dado a la bebida, y él le seguía la corriente en este punto, confesando que el trago era fuerte. A decir verdad, en conjunto, ésa había sido su sensación inmediata; le había parecido extraño y profundo el hechizo de las silenciosas sesiones antes de que se asentara la familiaridad y, hasta cierto punto, la decepción. Ya al llegar, la vertiente relacionada con el espectáculo le había parecido que definía en exceso el carácter del establecimiento; apenas sabía qué habría preferido, pero las tres o cuatro habitaciones, a la chillona luz del día, desbordaban bustos y reliquias, ni siquiera siempre presuntamente Suyos, grabados y viejas ediciones, objetos antiguos hechos a Su semejanza, mobiliario «de la época» y autógrafos de fieles célebres. En las horas de silencio y en la profunda oscuridad, sin embargo, bajo el jugueteo de la oscilante lámpara y el de su propia emoción, esas cosas también recuperaban su ventaja, servían al misterio o, en cualquier caso, a la impresión, parecían ofrecerse conscientemente como algo propio del poeta. Ninguna de ellas lo era de manera irrefutable o auténtica, pero, en cierto modo, tras una larga asociación, tal como siempre decía Gedge, se habían introducido en el secreto, y sobre ese secreto él las interrogaba mientras vagaba inquieto. No fue hasta transcurridos varios meses cuando se dio cuenta de lo poco que tenían que contarle, y se sintió cómodo con ellas cuando supo que estaban precisamente allí donde su sensibilidad las había puesto al principio. Estaban tan fuera de lugar como él; sólo que, para ser justos, le habían hecho sentir intensamente. Y tampoco eran ellas quienes lo habían conseguido en mayor grado, puesto que sus sentimientos se habían ido aclarando hasta alcanzar un refinamiento profundo, más profundo.