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—Al fin y al cabo, ¿qué quejas tenemos contra Ellos, mientras no rompan trozos para llevárselos a escondidas, como nos contó la señorita Putchin que tenían la horrible costumbre de hacer? Menos mal que ella se la quitó.

—Sí —Gedge meditó de nuevo—. ¡Me encantaría que no lo hubiera hecho!

—¿Te gustaría ver estas reliquias destruidas, que se las llevaran? ¡Lo que faltaba!

—No hay reliquias.

—Pronto no las habrá si no las cuidas.

Pero Gedge estaba ya riendo, y no dieron por terminada la conversación antes de que le diera de nuevo unas palmaditas. Sin embargo, ella se quedó con un par de ideas, tal como advirtió él al día siguiente en una pregunta.

—¿A qué te referías ayer cuando hablabas de la simplicidad de la señorita Putchin? Decías que no se salía del buen camino gracias a su simplicidad. ¿Te refieres a una cosa mental?

Dijo «mental» con tono muy solemne, pero él casi confesó.

—Bueno: la ayudó a seguir adelante. O, mejor dicho —corrigió con una carcajada—, la ayudó a quedarse quieta.

Parecía que la señora Gedge había estado un poco preocupada.


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