Lo mas selecto
Lo mas selecto HabÃa empezado dirigiéndose a su mujer, pero habÃa terminado, con sus modales abiertos y amistosos y su indescriptible soltura, por dirigirse a Gedge, al pobre Gedge que contenÃa el aliento y que sentÃa, del modo más inesperado, que nunca habÃa estado en tan buena compañÃa. La joven esposa, que habÃa seguido mirando por su cuenta, pronunció con un suspiro o una sonrisa —Gedge no habrÃa sabido decir cuál de las dos cosas— su respuesta a aquellas observaciones.
—Es una pena que Él no esté aquÃ. Me refiero a que no esté presente como Goethe está en Weimar. Porque Goethe sà está en Weimar, de eso no hay duda.
—SÃ, querida: mala suerte para Goethe. Allà está atrapado. En cambio, este hombre no está en ningún lado. Te desafÃo a que lo encuentres.
—¿Y por qué no decir, de modo más hermoso, que, como el viento, está en todas partes? —dijo la joven riendo.
Por supuesto, no hablaban en un tono de discusión sino de broma, si bien, en opinión de Gedge, la broma más agradable y más acorde con su criterio que habÃa oÃdo en su vida; y, por eso mismo, el joven pudo proseguir sin producir la menor irritación, contestando a su esposa pero mirando al interlocutor de ambos.
—Que me cuelguen si está aquÃ.