Lo mas selecto
Lo mas selecto Era casi como si el visitante estuviera cautivado —es decir, atrapado y apresado— por la calma de su interlocutor, que, si bien ellos no habÃan pretendido alterar, ahora parecÃa interesante, tal vez incluso proyectaba cierta luz. El caballero ignoraba, se dirÃa Gedge más tarde, en qué medida aquel hipócrita estaba estremecido, su sensación de que el destino se le venÃa encima. En aquel momento, desde luego, temblaba demasiado para hablar; quizá fuera miserable, pero no querÃa que su voz tuviera un absurdo temblor. Y la joven —¡criatura encantadora!— todavÃa tenÃa algunas palabras que añadir. Estaban destinadas al guardián del lugar y lo hizo, a su manera, de modo encantador. SeguÃan en el Sanctasanctorum y ella habÃa estado mirando, con el justo grado de desánimo que resultaba bonito, aquel suelo extraño y antiguo.
—Entonces, si dice usted que no fue en esta habitación donde Él nació… Entonces, ¿para qué sirve?
—¿Para qué sirve qué? —preguntó su marido—. ¿Para qué sirve nuestra visita? Bueno, este lugar es encantador por sà mismo. Y, además, es interesante —añadió dirigiéndose a Gedge— saber cómo siguen ustedes.