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Gedge lo miró un momento en silencio, pero contestó primero a la joven. ¡Ojalá la pobre Isabel fuera como ella!, pensaba. No por su juventud, belleza, peinado o su sombrero gracioso y pintoresco: estas cosas no importaban, ¡sino por aquella afinidad, soltura, fina perspicacia y elegante distanciamiento!

—No digo que no sea éste el lugar, pero tampoco que lo sea.

—Ah, pero ¿no viene a ser lo mismo? ¿Y no quieren también ver dónde Él comía y dónde tomaba el té?

—Lo quieren todo —dijo Morris Gedge—. Quieren ver dónde Él colgaba el sombrero y dónde Él guardaba las botas y dónde Su madre ponía la olla a hervir.

—¿Y si usted no se lo enseña…?

—Me lo enseñan ellos a mí. Todo está en esos libritos que llevan.

—¿Así que lo único que tiene que hacer es tener la boca cerrada? —preguntó el marido.

—Eso es lo que intento —dijo Gedge.

—Bueno —el visitante sonrió—. Ya veo que puede hacerlo.

—No puedo.

—Oh, bueno —dijo su amigo—, ¿y qué más da?

—Hablo —prosiguió Gedge—: Algunas veces no puedo evitarlo.


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