Lo mas selecto
Lo mas selecto —Entonces, ¿cómo se las arregla para seguir adelante?
Gedge lo miró; tenÃa la sensación de que nunca habÃa mirado a nadie con expresión más lamentable, ni siquiera a Isabel cuando lo asustaba.
—No sigo adelante —dijo—. Hablo, puesto que he hablado con usted.
—Oh, ¡nosotros no vamos a perjudicarle! —dijo el joven con una risa tranquilizadora.
Mientras tanto, el crepúsculo habÃa ido volviéndose más denso; parecÃa que procedÃa que llegara el final de la visita. Salieron juntos de la habitación del piso superior y bajaron por la estrecha escalera. Dado que las palabras que acababan de decirse podrÃan suscitar cierta incomodidad, la joven sintió el impuso de disiparla gentilmente.
—Usted estará preguntándose por qué hemos venido…
Aquél fue para Gedge el primer indicio de una incomodidad todavÃa mayor: como si hubiera oÃdo con claridad que la mano del marido empezaba a tantear en un bolsillo lleno.
El marido seguÃa vacilando, también él algo incómodo.
—… Oh, nos gusta como es. Siempre hay algo —con estas palabras se acercaron a la puerta de salida.